¿Donde estuvo usted la mañana del 12 de mayo de 2010?

Delante del televisor, señor agente.
Recuerdo nítidamente dónde me hallaba: en mi despacho, revisando unos guiones de ficción insípidos, sin chicha. Era miércoles y desde el lunes sabía que algo tramaban en Moncloa. Mucho se había especulado sobre las conversaciones con Bruselas y con la Casa Blanca -decíase que el mismísimo Obama había descolgado su teléfono rojo para llamar a Zapatero y soltarle un “What the fuck?” que se había escuchado a varios kilómetros a la redonda.

Lo que anunció el presidente me dejó la sangre helada: No revalorización de pensiones, no retroactividad en las prestaciones de la Ley de Dependencia -en Madrid había un alto porcentaje aún esperando acceder a ella, verbigracia el PP de la Comunidad-, 600 millones de recorte a la AOD -el principio de su fin-…. Yo pensé en mi hija. Como muchos, lo sé. En lo que se nos venía encima.
Unos años antes había vivido el 11S en Nueva York y durante meses los habitantes de la ciudad que nunca duerme me contaron una y otra vez dónde estaban cuando cayeron las torres: “Yo estaba bajando por la tercera avenida en bicicleta” o “mi sobrino estaba dibujando unos edificios en su cuaderno de clase mientras desayunábamos”, “las ventanas de la oficina temblaron”. Lo que entendemos como trauma colectivo. Para mí esa mañana de mayo de 2010 fue lo mismo. Moría el Estado del Bienestar: el gobierno de izquierda de mi país había dado la espalda a su pueblo. Como para olvidar la escena.

Fue solo un comienzo: En junio llegaría el abaratamiento del despido, fin a las indemnizaciones de 45 días por año trabajado. Y sí, fuimos a la huelga pero no sirvió de nada.

Recortes-grandeTambién recuerdo, no sé si esto es pertinente en la investigación señor oficial, aquellos días de agosto en que el PSOE y PP cambiaron la Constitución Española, una vez más sin preguntar a la ciudadanía. Recogieron del correo una carta que venía de Europa presionando, y procedieron a obedecer raudos. Aquello fue una vergüenza democrática de proporciones no imaginadas: la oposición parlamentaria pero también en la calle se gritó que no, que no, que esos que estaban negociando ponernos de regente a la señora Merkel no nos representaban. Tampoco funcionó.

Sí sirvió para cambiar de presidente. Porque más de diez millones de personas pensaron que nos iría mejor con quienes se entienden con los que ponen el dinero por encima de las desigualdades. Los que piensan que no hay sociedad, sino personas individuales. El paro estaba casi en cinco millones, y Rajoy nos prometió que bajaría, que ya había pasado lo peor, que todos quietos, que la solución ya estaba aquí.

Pasaron los meses y las manifestaciones en las calles: los profesores, los sanitarioslos que se quedaban sin casa (y los que peleaban por que no ocurriera); los mineros y los estudiantes. El difuso y certero 15M seguía manteniéndonos alerta. Difícil recordar las imágenes de menores de edad sangrando y mantener la compostura. Oiga ya que me está interrogando, déjeme que le enseñe esta fotografía: ¿tiene hijos, usted?.

Manejo muchos datos, mire: el gobierno del PP volvió a tocar la legislación laboral, ya no había que pedir permiso a nadie para despedir masivamente. Y de nuevo, llenamos las calles esta vez casi todos los sindicatos juntos y asambleas populares. Pero, ¿qué peso tienen cientos de miles de personas frente a diez millones de votos?. Me pregunto cuántos de estos votantes van ahora tapándose los ojos por la vida, para no ver. Y ni siquiera es culpa suya: a ellos también les mintieron.

Y llegó el verano de 2012. Naomi Klein en su Teoría del Shock explica que una de las herramientas para inocularnos el terror es soltar los cambios, las medidas, las decisiones verticales como una solución a un mal mayor. Esto debió de pensar Luis de Guindos cuando dijo que habían evitado el rescate de España… solicitando un rescate de 100.000 millones de euros para la banca. Yo ya no entendía nada: nacionalización de Bankia a coste cero para sus responsables, y alto, altísimo para nosotros. Memorándum de Sometimiento aceptando unas condiciones draconianas para nuestros servicios sociales… pero no era suficiente. Nada le parecía bastante a la Troika que se había paseado semanas antes por España apuntando con el dedo y sentenciándonos. Así que hubo más.

Julio del 2012, se anuncia el mayor paquete de recortes de la democracia: 65.000 Millones. ¡Pero si no había de donde sacarlos, ya!. La obscenidad llegó  cuando la diputada del PP por Castellón Andrea Fabra dedicó aquel “¡Que se jodan!” en el momento que Rajoy anunciaba la reducción de prestaciones por desempleo, que rozaba aquellas semanas los temidos seis millones. Aquí puede apuntar bien agente, le voy a hacer una confesión: les llamé hijos de puta. Creo que como poco, sirvió para equilibrar las cosas. Si lo anota como agravante se lo acepto, no me gusta faltar a las formas, siempre que vaya donde sea que esté ella y haga lo mismo. Unos cuantos miles de personas se sintieron igual que yo y se descontrolaron violentamente en las afueras del Congreso, lo justo para que se decidiera que los delincuentes eran ellos.

Y así desde entonces. La sanidad universal y gratuita se acabó: los inmigrantes indocumentados (que no ilegales, escríbalo tal cual que quiero que conste así) ya no pueden ponerse enfermos porque tendrán que pagarlo: en sangre y en dinero, ese que no tienen y que les hace venir aquí a buscarlo. Otra de las aberraciones de lo que aún llaman democracia. Tantas  y tantas cosas… cada viernes de dolor en el Consejo de Ministros siguen diciéndonos que es por nuestro bien, que si no hacemos esto seremos como Grecia, que confiemos.

Poco a poco, decreto a decreto. Nos inundan con amenazas legislativas denigrantes como el proyecto de ley del abortonos polarizan con discusiones que solo están en sus intenciones y no en nuestras opiniones, sobre dónde están los límites de lo que un pueblo puede decidir. Nos estrechan el cerco y la mirada. Yo estos días señor detective que me interroga, he recopilado cientos de fechas, y datos, y textos, y vídeos. Porque necesito ver un mapa de lo que ha ocurrido: todo de una vez. No quiero olvidar nada. Un amigo que sabe mucho de cómo mostrar esto a la sociedad me ha ayudado, es eso es lo fundamental. Porque lo que ve usted en esto que le enseño está incompleto: falta lo que cada uno añada de su propia vida. Mes a mes, año a año desde mayo del 2010. Apuntando lo propio bien cerca de cada medida, de cada mentira.

Mi amigo y yo le hemos llamado el Recortómetro, y lo presentamos como prueba de la defensa ante los cargos que se nos imputan: haber vivido por encima de nuestras posibilidades. Espero que sirvan.

 

Merche Negro

Periodista.

Texto original, publicado también en El Periódico de Catalunya

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